“La ociosidad camina con lentitud, por eso todos los vicios la alcanzan.”

San Agustín
San Agustín

obispo y filósofo

354-439

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La trampa del tiempo vacío

San Agustín propone una imagen inquietante: la inactividad avanza lentamente, casi imperceptiblemente. Mientras la persona ociosa transcurre sus días sin propósito, los vicios la alcanzan paulatinamente. No se trata de tentaciones explosivas o dramatismo moral, sino de un proceso insidioso donde la falta de dirección crea un vacío que se llena naturalmente con conductas destructivas. La pereza se convierte así en cómplice pasiva del deterioro personal.

El filósofo medieval observaba una realidad psicológica que sigue siendo válida: una mente sin ocupación genuina busca estimulación, cualquiera que sea. El aburrimiento prolonga la vulnerabilidad. Quien no construye nada, o no persigue metas significativas, queda expuesto a hábitos perniciosos casi por gravitación natural. La acción consciente, la dedicación a algo valioso, actúa como barrera contra la corrosión del carácter.

La advertencia adquiere sentido en contextos modernos donde la distracción digital mantiene a muchos en un estado de actividad superficial que replica la ociosidad antigua. El movimiento constante no garantiza dirección real. Lo que importa es si ese movimiento responde a valores propios o simplemente llena el vacío que deja la falta de propósito.

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