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El desgaste imperceptible del tiempo
Góngora captura la erosión silenciosa de la existencia mediante una cadena de metáforas que descienden en escala. Las horas actúan como herramientas que tallan los días, así como los días corroen implacablemente los años. La imagen es particularmente efectiva porque el verbo "limar" sugiere un trabajo minucioso y casi invisible, mientras que "roer" evoca algo más voraz. Lo decisivo aquí es la relación de causa y efecto: no percibimos cómo las pequeñas unidades de tiempo destruyen las mayores, aunque ese proceso sea constante.
Una lección sobre la acumulación destructiva
El poeta barroco señala algo que la conciencia ordinaria tiende a ignorar: cada hora vivida consume futuro, cada jornada gastada deteriora la vida disponible. Esta reflexión, típica del Siglo de Oro, responde a una preocupación central del período: la brevedad y la finitud. Góngora no moraliza ni ofrece soluciones. Simplemente expone el mecanismo implacable que opera detrás de nuestra percepción, invitando al lector a reconocer una verdad incómoda sobre la temporalidad.
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“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.”
“La muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida.”
“La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.”
“No se puede juzgar la vida de un hombre hasta que la muerte le ha puesto término.”
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