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Significado
Una provocación sobre fe y género
Joseph Conrad formula aquí una distinción irónica que desafía la espiritualidad de su época. La afirmación sugiere que los hombres acceden a lo divino de manera inmediata e individual, mientras que las mujeres lo hacen filtrado a través de instituciones y rituales. Escrita en el cambio de siglo XIX al XX, refleja la mentalidad patriarcal donde la religión organizada se percibía como dominio femenino, algo decoroso pero secundario, mientras que la verdadera relación con lo trascendente permanecía reservada a la experiencia masculina.
Implicaciones críticas
La cita expone cómo se construyeron jerarquías de espiritualidad según el género. Implica que las mujeres quedaban confinadas a la piedad conventual, los templos y las prácticas devocionales, mientras se les negaba autonomía intelectual en cuestiones teológicas. Conrad, novelista inquieto con las hipocresías victorianas, probablemente buscaba criticar esta arbitrariedad, señalando lo absurdo de fragmentar la experiencia religiosa por sexo. La frase permanece incómoda y reveladora, recordándonos cuánto las creencias estructuraban la desigualdad.
Frases relacionadas
“Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de oscuridad para brillar.”
“La religión sirve para ayudarnos y consolarnos ante unos problemas que no tendríamos si no existiese la religión.”
“Allí donde Dios erige una iglesia, el demonio siempre levanta una capilla; y si vas a ver, encontrarás que en la segunda hay más fieles.”
“Soy ateo gracias a Dios.”
Más frases de Joseph Conrad
“Ser una mujer es una tarea terriblemente difícil, ya que consiste principalmente en tratar con hombres”
“Enfrentarse, siempre enfrentarse, es el modo de resolver el problema. ¡Enfrentarse a él!.”
“Vivimos como soñamos, solos.”
“No me gusta el trabajo, a nadie le gusta; pero me gusta que, en el trabajo, tenga la ocasión de descubrirme a mí mismo.”
“La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad.”