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Una verdad que permanece
Jorge Guillén captura aquí la paradoja del recuerdo amoroso: lo vivido cobra tal intensidad que se vuelve imposible borrarlo, aunque queramos. El "ya te lo decía yo" inicial suena casi a advertencia resignada, como si el poeta hubiera anticipado que ciertos momentos trascienden el tiempo. La clave reside en ese giro hacia "fuimos verdad": la relación no fue una ilusión pasajera, sino algo real, dotado de sustancia propia. Esa realidad no desaparece con el tiempo; simplemente se transforma en memoria.
El "quedó" final es rotundo. No desvanecimiento ni borramiento, sino persistencia. Guillén rechaza aquí la idea romántica de que el olvido sea posible o siquiera deseable. Lo que fue genuino deja un sedimento en nosotros, una marca que define quiénes somos. Esta visión desalienta la nostalgia melancólica para proponer algo más incómodo: aceptar que las personas y momentos que importaron seguirán siendo parte de nuestra arquitectura emocional, querámoslo o no.
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“El tiempo saca a la luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor”
“El tiempo saca a luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor.”
“No hay secreto que el tiempo no revele.”
“La verdad es hija del tiempo”
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