“Los padres, por muy viejos que sean o lleguen a ser, sirven, entre otras cosas, para protegernos del sentido de nuestro destino. Mientras estén presentes, podemos evitar el hecho de nuestra mortalidad; aún podemos ser niños inocentes.”
Jane Howard fue una periodista nacida en Estados Unidos.
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Significado
La figura parental como escudo
La presencia de los progenitores funciona como una barrera emocional que aplaza la confrontación con la finitud. Mientras los padres estén cerca, el tiempo personal no exige responsabilidades últimas ni decisiones que obliguen a asumir un destino marcado por la mortalidad; la infantilidad puede prolongarse. Esa protección no es solo física, es simbólica: asigna sentido provisional a la vida del hijo, permite creer que el relato vital tiene parches y continuidades que evitan preguntas incómodas.
Consecuencias para la identidad y la autonomía
Cuando llega el momento en que la protección falla, aparece una doble tarea: asumir la pérdida y reconstruir la propia narración existencial. La retirada o la muerte de los padres obliga a integrar la finitud en la identidad, transformar la dependencia en autonomía y aceptar la propia responsabilidad sobre el rumbo. Hay belleza en la seguridad que ofrecieron y urgencia en el aprendizaje de vivir sin ese escudo, lo que redefine relaciones, valores y prioridades.
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“La infancia termina cuando con la llegada del uso de razón el niño percibe que sus padres no son inmortales. Esa es la verdadera expulsión del paraíso, el final de la inocencia, el presentimiento de la muerte.”
“Muy sentida es la muerte cuando el padre queda vivo.”
“La muerte no es más que un cambio de misión.”
“Cuando los individuos se enfrentan con el mundo con tanto valor, el mundo sólo los puede doblegar matándolos. Y, naturalmente, los mata. Mata indistintamente a los muy buenos y a los muy dulces, y a los muy valientes.”