“Preparar un discurso de diez minutos me cuesta un par de semanas; un discurso de una hora, una semana, y un discurso de dos horas siempre puedo improvisarlo.”

Harold Wilson
Harold Wilson

Político inglés.

1916 – 1995

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La paradoja del tiempo y la precisión

Harold Wilson, primer ministro británico, captura algo contraintuitivo sobre la preparación: cuanto más corto es el mensaje, más trabajo exige. Un discurso de diez minutos obliga a elegir cada palabra, a eliminar lo superfluo, a construir una estructura impecable. Cada segundo cuenta. En cambio, dos horas permiten divagar, desarrollar ideas secundarias, rellenar espacios. La improvisación se vuelve posible precisamente porque hay margen para la redundancia.

Esta observación refleja una verdad sobre el trabajo intelectual: la precisión es costosa. Cualquiera puede hablar durante horas; sintetizar lo esencial requiere rigor. Wilson señala que la brevedad exige conocimiento profundo, mientras que la extensión lo disimula. Un político experimentado puede llenar dos horas de discurso sin decir gran cosa; pero condensar su mensaje en diez minutos requiere entender realmente qué quiere comunicar.

Las implicaciones van más allá de la oratoria. La cita sugiere que simplificar, comunicar con precisión y respetar el tiempo ajeno demandan más preparación que la verborragia cómoda. Produce incomodidad, pero también genera mayor impacto.

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