Gould propone una actitud sin mediaciones frente al acto transgresor: pecar con conciencia y disfrute, sin la máscara de la culpa hipócrita. Procede de un ambiente intelectual que cuestionó las normas victorianas y la moral ascética; su formulación suena a bofetada contra la represión moral y a defensa del placer como experiencia deliberada. La radicalidad no busca banalizar el mal, sino exigir coherencia entre deseo y conducta.
Consecuencias y honestidad moral
Aceptar el placer como motivo implica también asumir la responsabilidad por las consecuencias. La frase obliga a mirar la ética desde la confrontación directa entre intención y efecto: la sinceridad respecto al propio disfrute puede liberar de dobleces, pero no exime del daño causado. Su mensaje tensiona autenticidad y responsabilidad: reivindica la elección lúcida, a la vez que recuerda que la libertad de gozar no borra obligaciones ni reparaciones.