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Significado
La paradoja de lo cotidiano frente a lo trascendente
Courteline propone una inversión sorprendente de valores: lo que consideramos profundo y definitorio resulta ser más volátil que lo mundano. Las creencias religiosas, que moldeamos como pilares de identidad, ceden ante cambios de perspectiva, experiencias vitales o argumentos convincentes. Mientras tanto, nuestras preferencias sobre algo tan banal como una bebida matutina permanecen casi inamovibles. El café representa aquello que amamos sin justificación racional, integrado en ritual y costumbre.
La gracia del aforismo radica en exponer nuestra fragilidad ideológica. No somos tan coherentes ni tan firmes como creemos. Las convicciones que proclamamos con solemnidad pueden abandonarse; los hábitos pequeños, en cambio, resisten como fortalezas. Esto revela algo incómodo: quizá nuestras adhesiones intelectuales sean menos auténticas que nuestros antojos, o simplemente que la identidad se construye más en los gestos repetidos que en los grandes credos.
Contexto e ironía
Courteline escribía en el Paris de finales del siglo XIX, época de intenso debate religioso y secularización. Su observación burlona apunta a la volatilidad de las convicciones de su época, contrastándola con la terquedad del gusto personal.
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“La iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza.”
“Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión.”
“Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo.”
“Si los triangulos hicieran un dios, lo idearían con tres lados.”
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