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La paradoja del entretenimiento domesticado
David Frost captura una ironía fundamental de la televisión: el medio nos permite acceder a personalidades públicas, artistas y políticos sin los compromisos que exige la hospitalidad real. La pantalla actúa como un filtro que domestica lo ajeno, transformando figuras lejanas en compañía controlada. Podemos cambiar de canal cuando nos aburren, silenciarlas o simplemente ignorarlas, privilegios que nunca tendríamos con un invitado en nuestro hogar. La televisión promete intimidad sin reciprocidad, entretenimiento sin obligaciones sociales.
Lo que revela sobre nuestra relación con los medios
La observación de Frost, pronunciada en el siglo XX, apunta a algo más profundo que la mera comodidad. Sugiere cómo los medios masivos crean la ilusión de cercanía con desconocidos mientras mantienen distancia real. No compartimos nada genuino con quienes vemos, pese a que nos resulten familiares. Hoy, en la era de redes sociales e influencers, esta dinámica se ha intensificado: la gente que "invitamos" a nuestras vidas es literalmente gente que no conocemos, cuya presencia se siente íntima precisamente porque es completamente unidireccional.
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