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La ironía mordaz de Bierce sobre el egoísmo
Ambrose Bierce, escritor estadounidense conocido por su cinismo, juega aquí con una inversión cómica del concepto de egoísmo. La frase parece definir a una persona egoísta, pero en realidad expone la hipocresía de quien la pronuncia. El bromista asume que su propia perspectiva es el centro del universo, de modo que cualquiera que lo ignore aparece como egocéntrico. La definición devuelve el insulto hacia quien la formula, revelando que todos tendemos a medir la generosidad ajena según nuestra conveniencia.
La crítica funciona en múltiples niveles. Por un lado, cuestiona cómo juzgamos el comportamiento de otros mediante un espejo deformante que siempre nos favorece. Por otro, sugiere que el reclamo de atención y consideración es universal, incluso en quienes se consideran desinteresados. Bierce captura esa verdad incómoda: nadie escapa completamente del sesgo que nos hace protagonistas de nuestras propias historias.
La implicación más profunda es que condenar el egoísmo desde cierta posición es frecuentemente un acto de egoísmo disfrazado. En lugar de resolver el problema, la frase abre una puerta a la autoexaminación: ¿qué derecho tenemos a exigir a otros que nos prioricen?
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