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La paradoja del pensador en un mundo absurdo
Ambrose Bierce sugiere que la irracionalidad es la condición humana universal. Todos operamos desde impulsos, prejuicios y contradicciones que apenas comprendemos. La diferencia crucial radica en la conciencia: quien se detiene a examinar sus propias incoherencias, a cuestionar sus motivaciones, accede a un nivel de claridad que la mayoría rechaza. El filósofo no escapa a la locura, simplemente la observa desde adentro, como quien mira su reflejo en el espejo.
Esta perspectiva desafía la noción romántica del filósofo como sabio iluminado. Bierce es mordaz: la filosofía no ofrece respuestas definitivas, sino herramientas para ver mejor lo absurdo. El análisis no redime la irracionalidad; la expone. En una sociedad donde la mayoría actúa sin cuestionamiento, el que analiza su propia contradicción recibe un título honorífico que apenas disimula su aislamiento intelectual.
La implicación final es incómoda: pensar críticamente no te hace más cuerdo, te hace más consciente de tu demencia. Y quizá esa conciencia sea el único privilegio que merece llamarse sabiduría.
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