“Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer.”

Alfonso V el Magnánimo
Alfonso V el Magnánimo

Rey de Aragón.

1394 – 1458

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El consejo sin filtros del libro

Alfonso V hablaba desde la experiencia del poder absoluto. En su entorno cortesano, rodeado de aduladores y cortesanos interesados, los libros representaban algo raro: honestidad. Un manuscrito no busca favores, no teme represalias, no adulan al monarca para obtener beneficios. Mientras los consejeros vivos equilibran ambición personal con prudencia política, el texto permanece inmutable, ajeno a las presiones del momento.

Esta preferencia revela una verdad incómoda sobre el poder. Los gobernantes, más que otros, necesitan crítica sin mediaciones, pero precisamente quienes los rodean tienen razones para ocultarla. Los libros ofrecen lo que la corte no puede: una perspectiva no contaminada por miedo o interés. Aristóteles, Séneca, Boecio le hablaban sin calcular consecuencias.

La idea trasciende la política medieval. Cualquiera que ocupe posiciones de autoridad se enfrenta al mismo dilema: distinguir entre verdad y consenso conveniente. Los libros siguen siendo ese espejo que refleja sin pedir permiso, ese consejero que no tiene carrera que proteger.

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