“El aburrimiento es la enfermedad de las personas afortunadas; los desgraciados no se aburren, tienen demasiado que hacer.”

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La paradoja del privilegio y la ociosidad

Dufresnes propone una observación incómoda sobre la riqueza material: quienes gozan de seguridad económica y comodidad tienen el lujo de aburrirse, mientras que los pobres viven ocupados en la pura supervivencia. El aburrimiento, lejos de una molestia trivial, revela un privilegio. Presupone tiempo libre, necesidades básicas satisfechas y la ausencia de urgencias que paralicen. Solo cuando el hambre, el frío o la precariedad desaparecen emerge ese malestar peculiar de quien tiene demasiado tiempo vacío.

La implicación es provocadora: el hastío no es un defecto moral sino un síntoma de bienestar material. Aquello que experimentamos como frustración o inquietud revela, en realidad, que contamos con lo esencial. Las personas en crisis existencial carecen de ese lujo contemplativo. Su energía se consume en resolver problemas concretos. Esto no romanticiza la pobreza, pero sí expone una verdad incómoda: la capacidad de aburrirse es, paradójicamente, un privilegio que muchos nunca conocerán.

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